¿Para qué sirven las encuestas políticas?
Tres mitos que distorsionan el uso de una herramienta estratégica clave en toda campaña electoral.
Cada vez que se acerca un proceso electoral, las encuestas vuelven al centro de la conversación. Se citan en los medios, se debaten en los equipos de campaña, se comparten con esa mezcla característica de confianza ciega y escepticismo absoluto. Y sin embargo, pocas herramientas de la política generan tanto consenso sobre su importancia y tanta confusión sobre para qué sirven realmente. Acá van tres mitos que conviene desarmar antes de la próxima campaña.
"Las encuestas sirven para saber quién va a ganar" Es el malentendido más extendido, y paradójicamente el que más daño le hace a quienes invierten en investigación de opinión. Un equipo que reduce el valor de una encuesta al número de intención de voto está ignorando el noventa por ciento de la información que esa encuesta puede proveer. Una encuesta bien diseñada es, antes que nada, un instrumento de diagnóstico. Permite saber dónde está parado un candidato: cuántas personas lo conocen, qué imagen tienen de él, cuáles son sus fortalezas reales y cuáles sus flancos vulnerables. Permite identificar qué segmentos del electorado son accesibles y qué mensajes resuenan en cada uno. Permite, en definitiva, tomar decisiones con respaldo empírico en lugar de con intuición. Las preguntas más valiosas que puede responder una encuesta no son las más vistosas. ¿Qué problema le preocupa más al votante indeciso? ¿Qué atributos asocia el electorado con mi candidato y cuáles con el adversario? ¿Cuánto del voto propio está consolidado y cuánto es volátil? La intención de voto es apenas uno de esos indicadores, y no siempre el más útil.
Mito 1: el iceberg — lo que se ve (intención de voto) es solo la punta. El diagnóstico real está bajo la superficie.
"Si la encuesta no acertó el resultado, falló" Este argumento aparece después de casi cada elección. Y es también el que revela mayor desconocimiento sobre cómo funciona la herramienta. Toda encuesta trabaja con márgenes de error estadístico. Una encuesta de mil casos con un margen de ±3% puede mostrar 43% donde el resultado real fue 40% sin haber cometido ningún error metodológico. Cuando dos candidatos aparecen separados por un punto dentro de ese margen, hablar de un ganador es, técnicamente, hablar de un empate. Los medios rara vez lo explican así. Pero hay algo más importante que el margen de error, y que las elecciones provinciales y municipales del Chaco en 2023 ilustran mejor que cualquier ejemplo teórico. La mayoría de las mediciones, mostraban un escenario relativamente claro diez días antes del comicio. Ese escenario era metodológicamente correcto para el momento en que fue medido. Lo que ninguna encuesta podía anticipar era que el martes previo a las PASO iba a estallar el caso Cecilia — el femicidio que conmocionó a la provincia y reconfiguró por completo el clima político en 72 horas. El escenario que se votó el domingo era otro. Eso no es una falla de las encuestas. Es una demostración de algo que la ciencia política sabe hace tiempo: la opinión pública se mueve, y los eventos inesperados pueden moverla de forma radical y en muy poco tiempo. Una encuesta es una fotografía, no una película. Pedirle que anticipe lo que va a ocurrir después del obturador es pedirle algo que está fuera de su naturaleza.
"Una encuesta en redes sociales es una encuesta" Acá hay que ser precisos, porque la respuesta no es tan simple como parece. Las consultas no dirigidas que circulan en redes sociales — esas que cualquiera puede responder y compartir — no son encuestas en ningún sentido metodológico relevante. Carecen de muestra representativa, no controlan variables sociodemográficas y son fácilmente manipulables por grupos organizados. El sesgo es fácil de ilustrar: si en un municipio del interior chaqueño se lanza una consulta en un grupo de vecinos organizados para reclamar por el estado de las calles, y esa consulta pregunta sobre la gestión comunal, el resultado va a sobrerrepresentar la disconformidad de manera masiva. No porque la gestión sea buena o mala, sino porque ese grupo no representa al conjunto. Dice algo sobre esos vecinos, no sobre el municipio.
Ahora bien, eso no significa que toda encuesta digital sea inútil. Cuando está bien diseñada — con un panel de usuarios reclutados aleatoriamente, cuotas sociodemográficas controladas y un cuestionario riguroso — puede ser una herramienta válida y complementaria, especialmente por su flexibilidad operativa y sus costos significativamente más bajos que el relevamiento presencial o telefónico. En Perceptiva estamos evaluando su incorporación en determinados tipos de estudios, precisamente como complemento de otras metodologías. La clave, como siempre, está en saber qué pregunta se quiere responder y si el método elegido es el adecuado para responderla.
Mito 3: el embudo — la consulta viral deja pasar solo a quienes ya estaban activados (todos del mismo color, todos disconformes); la encuesta rigurosa filtra con criterio y deja pasar la diversidad real del electorado.
Lo que nunca debería citarse como evidencia de nada es una encuesta sin ficha técnica declarada — sin universo definido, sin método explícito, sin margen de error. Eso no es investigación: es ruido con formato de dato.
El trabajo que hacemos desde Perceptiva parte exactamente de esta distinción. No alcanza con medir: hay que medir bien, en el universo correcto, con el método adecuado al territorio. Y después hay que saber qué hacer con lo que los datos muestran. En el NEA eso tiene particularidades propias que las consultoras nacionales suelen pasar por alto — pero ese es tema para otro artículo.
Sobre el Autor
Juan Irala es Politólogo y consultor especialista en estrategia basada en datos. Director de Perceptiva Consultora, miembro de la SAAP y la ASACOP.
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